Mi Principito

Imposible andar por la vida, sin haber leído El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. Su lectura da nuevas fuerzas para seguir y para creer en uno mismo, para reafirmar nuestro niño interior y no dejarlo ir jamás.

Primero una breve reseña del autor, para entender de dónde viene este pequeño gran libro.

Antoine de Saint-Exupéry, nació el 29 de Junio de 1900, y murió el 31 de Julio de 1944, dentro de un avión, seguramente como él habría deseado morir: en el aire, donde decía que se sentía verdaderamente libre y donde afluía lo mejor de sí mismo.

Lionés de nacimiento, se crió en Saint Maurice-de-Rémens junto a sus tres hermanas, dos hermanos y su madre, cuando murió su padre.

Hay una teoría psicoanalítica que atribuye el espíritu de aventura de Saint-Exupéry a la forma en que interiorizó la muerte de su padre cuando tenía cuatro años. “Cuando mi padre murió -escribió- se convirtió en una montaña”. Y volando por encima de las montañas superó su orfandad. (J.Fabre)

Fue un mal estudiante. A los doce años hizo su primer vuelo con un piloto del aeródromo cercano a su casa. Al acabar el bachillerato empezó estudios navales en París pero fue un fracaso. Después entró en Bellas Artes y también lo dejó. Llevó una vida de bohemio hasta que en 1921 se fue al servicio militar, dónde después de la instrucción lo mandaron a Marruecos durante nueve meses. Más tarde hizo un curso y se graduó como subteniente, siete meses más tarde tuvo su primer accidente de aviación.

A los 26 años (1926) publicó su primera novela “El aviador”. Desde entonces su vida transcurrió siempre entre la aviación y la literatura. Dos años más tarde tomó como base su primera novela y la reelaboró a partir de su experiencia en la base de cabo Juby, en plena insurrección marroquí, dónde estuvo de comandante jefe.

En 1931, y cuando llevaba dos años trabajando en la empresa Aero-Postale de Buenos Aires, escribió “Vuelo nocturno” que trata sobre los aventureros que abrieron la ruta aérea Buenos Aires – Río de Janeiro. Por éste libro obtuvo el premio “Fémina”. Cuando la empresa cerró, trabajó como periodista, tarea que le trajo a Barcelona durante la guerra civil.

Entre 1931 y 1938 fracasó, al tener varios accidentes, uno de ellos muy grave, como raid entre París y Saigón y entre Nueva York y Tierra del Fuego.

Más tarde mientras vivía en Estados Unidos, publica “Tierra de los hombres” (1939) que narra, en uno de sus capítulos, el accidente que tuvo un amigo suyo en los Andes. Ésta novela ganó el “Gran Premio de Novela de la Academia Francesa”.

Aquel mismo año estalló la segunda guerra mundial, y ya recuperado del último accidente, fue destinado a un grupo aéreo de reconocimiento. Una de sus misiones le sirvió como base de la novela “Piloto de guerra” que escribió en 1941 cuando ya estaba instalado en Nueva York. Éste libro fue publicado en Estados Unidos, y fue autorizado en la Francia de Pétain con cuatro palabras censuradas “Hitler es un idiota”, pero que finalmente fue prohibido en 1943 cuando ya había ganado el “National Book Award”.

De vuelta en Nueva York, en 1942, empezó a escribir “Ciudadela”, obra inacabada y póstuma muy diferente a las restantes. Y “El principito”, libro también singular, ilustrado por él mismo.

A punto de cumplir los 43 años, fue nombrado comandante de las fuerzas aliadas y enviado al Norte de África. El verano de 1944 estaba destinado en la base de Borgo (Córcega). El 31 de Julio, despegó para lo que sería su última misión. Estaba en el límite de la edad autorizada para pilotar y las autoridades militares habían decidido que no le autorizarían ningún vuelo más. No hizo falta, el avión cayó al mar y Saint-Exupéry entró en el mundo de la leyenda.

Quiero compartir con ustedes, poco a poco (porque el tiempo es corto y nos empeñamos en vivir apurados) la obra de Antoine, para que ese niño que llevamos dentro nunca muera. Se las pongo en versión musical (está en francés) y debajo el escrito. Disfrutalo.

A LÉON WERTH
Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor. Tengo una excusa seria: esta persona mayor es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona mayor puede entender todo, hasta los libros para niños. Tengo una tercera excusa: esta persona mayor vive en Francia, donde pasa hambre y frío. Tiene mucha necesidad de ser consolada. Si todas estas excusas no son suficientes, quiero dedicar este libro al niño que este señor ha sido. Todas las personas mayores fueron primero niños. (Pero pocas lo recuerdan). Corrijo entonces mi dedicatoria:

A LÉON WERTH
CUANDO ERA NIÑO

PRIMER CAPITULO

Cuando tenía seis años, vi una vez una imagen magnífica en un libro sobre la Selva Virgen que se llamaba “Historias Vividas”. Representaba una serpiente boa que tragaba una fiera. He aquí la copia del dibujo.

En el libro decía: “Las serpientes boas tragan a su presa entera, sin masticarla. Luego no pueden moverse más y duermen durante los seis meses de su digestión”.

Reflexioné mucho sobre las aventuras de la jungla y, por mi parte, logré trazar con un lápiz de color mi primer dibujo. Mi dibujo número 1. Era así:

Mostré mi obra maestra a las personas mayores y les pregunté si mi dibujo les daba miedo.

Me contestaron: “Por qué un sombrero podría dar miedo?”

Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente boa que digería un elefante. Dibujé entonces el interior de la serpiente boa, para que las personas mayores pudieran comprender. Siempre necesitan explicaciones. Mi dibujo número 2 era así:

Las personas mayores me aconsejaron dejar de lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas, e interesarme en cambio en geografía, historia, matemática y gramática. Es así como abandoné, a la edad de seis años, una magnífica carrera de pintor. Había sido desalentado por el fracaso de mi dibujo número 1 y de mi dibujo número 2. Las personas mayores no entienden nunca nada por sí mismas, y es cansador, para los niños, darles una y otra vez explicaciones.

Tuve entonces que elegir otro oficio y aprendí a pilotear aviones. Volé por todo el mundo. Y la geografía, efectivamente, me sirvió mucho. Sabía distinguir, del primer vistazo, China de Arizona. Es muy útil, si uno está perdido durante la noche.

Tuve así, en el curso de mi vida, montones de contactos con montones de gente seria. Conviví mucho con las personas mayores. Las vi de muy cerca. Mi opinión no mejoró demasiado por ello.

Cuando encontraba una que me parecía algo lúcida, probaba con ella mi dibujo n° 1 que siempre he conservado. Quería saber si era realmente comprensiva. Pero siempre me respondía: “Es un sombrero”. Entonces no le hablaba ni de serpientes boa, ni de selvas vírgenes, ni de estrellas. Me ponía a su alcance. Le hablaba de bridge, de golf, de política y de corbatas. Y la persona mayor estaba muy contenta de conocer un hombre tan razonable.

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